Viviendo en tierra de kiwis

Líneas traviesas…nubes viajeras…La sístole del año muestra la oscuridad de la noche larga…milonguera…Tangos pegajosos se me adhieren a las manos que necesitan escribir… pero, ¿escribir qué?….falta de práctica, las palabras salen torpes, dormidas, anestesiadas…uno, dos, tres…comienzan a buscar su vida, su magia…
Los soles de mi patria retumban en mi sangre. Bailes aztecas. Una guitarra flamenca inunda la habitación y de pronto todas las flores de esta sangre latina perfuman este espacio.
Miro la oscuridad de la ventana que llora allá afuera. Me doy cuenta, entonces que estoy en Wellington…noche de invierno. Tengo la estufa de gas prendida, velas, música alta, un des-humidificador y dos calentadores eléctricos! Es mi 4to invierno y aún no me acostumbro a estos vientos polares. Disculpen. Soy Mexicana. Como yo, somos varios los que llegamos acá por distintas razones. Sí. Somos Argentinos, Chilenos, Colombianos, Peruanos, Brasileños, Bolivianos, Uruguayos… Latinoamericanos viviendo en Nueva Zelanda. Nuestras circunstancias particulares nos impulsaron a arrancar raíz y lanzarnos a estas islas hermosas e intensas. A ratos tranquilas y a ratos inertes. Llegamos buscando quizá una vida más tranquila, quizá una oportunidad de crecer, de ampliar nuestros horizontes. Quizá la curiosidad nos sirvió de motor y un día nos encontramos aterrizando en esta ciudad. No sé en tu caso, pero en el mío, mi primer pensamiento fue: “Aquí no hay nada!” Nací en la ciudad de México. Una ciudad de 25 millones de habitantes. 
Mi primer contacto con la ciudad fue Cuba Street, en específico la fuente de las cubetas… Sí, yo también estoy sonriendo. Miré a mi alrededor y vi pies descalzos, moda a los años ochentas, gente de todo estilo, tipo, color y actitud. La arquitectura caprichosa fue un verdadero enigma. Buscando estilos definidos, me topé con una combinación de Arte Decó, edificios de corte clásico inglés y otros que hasta la fecha no logro comprender. Caminé entonces por Lambton Quay…Sus tiendas y cafecitos me mostraron una cara distinta, más cosmopolita… No voy a mentir. Me tardé en adaptarme, en encontrarle sentido a este país. Lo recorrí de norte a sur, de punta a punta…lo odié y lo amé por igual. 
Es irremediable entonces que me haga la siguiente pregunta:
¿Cómo sobreviví en tierras kiwis?
Irremediablemente tuve que soltar todo concepto aprendido de cómo las cosas se tienen que hacer. Descubrí que este país está en continua exploración, la gente se viste como quiere, pone en marcha cualquier cosa que se le ocurre, no le tiene miedo al fracaso, todo lo intenta. No existe el miedo al ridículo. No hay clases sociales ni racismo. Al menos como lo vivimos en Latinoamérica. Es en esta libertad social que pude relajarme, soltar amarras y crearme de nuevo. Hoy ya no importa de donde soy, en donde crecí, en donde me eduqué, que estudié. Importa que llegué aquí y aquí sigo. Mi presencia es una pieza más de este rompecabezas ecléctico, kitsch y aventurero que conforma estas tierras.
Confieso que aún hay días y noches (especialmente en invierno) que aún me pregunto el porqué sigo aquí…Pero en una clara mañana (también de invierno), admiro el paisaje que dibuja mi ventana y entonces observo las montañas y las casas que circundan este puerto. El reflejo del agua, los barcos que pasan y el sol que sale por entre las montañas siempre me responden.

Escrito en 2007, Parte de mis memorias de 2003-2005, “El barco que se creía árbol y se convirtió en pez” , las cuales iré publicando poco a poco en la sección en español.

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